Historia del concepto de resiliencia - BICE - ONG de protection des droits de l'enfant
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Las primeras aproximaciones a la resiliencia nacieron en los años 40 con los estudios realizados por René Spitz y Anna Freud sobre niños internados en orfanatos que habían sufrido traumas durante la Segunda Guerra Mundial. Estas observaciones mostraron cómo el desarrollo de los niños tiende a cesar como resultado de la privación emocional (Cristina Castelli, 2015). Posteriormente, en la década de 1970, la teoría del vínculo de apego de John Bowbly (1980) allanó el camino para el desarrollo del concepto de resiliencia, que apareció por primera vez en 1984 en el estudio longitudinal de Emmy Werner (Stanislaw Tomkiewicz, 2004).

El siguiente resumen historiográfico se guía por las ideas de invulnerabilidad, de sujeto activo y de influencia del entorno. Esto nos permite visualizar la evolución de la resiliencia a través de cinco generaciones, cada una de las cuales se centra en un aspecto que será complementado por la siguiente generación, dando forma a lo que hoy entendemos por resiliencia.

1re generación: adaptación e invulnerabilidad (años 80)

Los estudios de los años 70 y 80 se centran en la infancia. Utilizan el adjetivo “invulnerable” para describir a un niño que es capaz de adaptarse a situaciones vulnerables. Un niño que no se ve afectado por influencias ambientales negativas (Suniya S. Luthar et al., 2000; S. Tomkiewicz, 2004).  Por lo tanto, esta generación se centra en identificar los rasgos que facilitan la adaptación. Se trata de predecir quiénes serán resistentes y quiénes no. En otras palabras, estos investigadores plantean la hipótesis de que “se nace resiliente”. Es necesario destacar que este primer grupo habla de adaptación, sin diferenciar entre la adaptación como supervivencia y la adaptación positiva que implica aprendizaje o crecimiento, como propondrán generaciones posteriores (María Cristina García-Vesga & Elsy Domínguez, 2013).

El aspecto revolucionario de esta generación es su acercamiento a la persona. Ya no considera a la persona como un sujeto pasivo, a merced de los riesgos, sino como un sujeto activo a la hora de afrontar el riesgo y/o la situación de vulnerabilidad a la que está expuesta. Se trata de una visión innovadora en comparación con estudios anteriores que se centraban únicamente en la identificación de los síntomas y sus consecuencias negativas (Ann S. Masten y Jenifer L. Powell, 2003).

De esta generación, recordaremos los estudios longitudinales realizados por Emmy Werner (1982) y Norman Garmezy (1973; 1984) con niños que habían vivido situaciones de vulnerabilidad. Situaciones relacionadas con enfermedades psiquiátricas o problemas de abuso de drogas y alcohol por parte de sus padres. Estos estudios se han centrado en las cualidades personales de los niños resilientes; identificando la autonomía y la autoestima como pilares de estas personalidades resilientes (M.C. García-Vesga & E. Domínguez, 2013; S.S Luthar et al., 2000).

2e generación: resiliencia como capacidad (1980-1990)

Esta generación sigue centrándose en el individuo. Pero, a diferencia de la generación anterior, va más allá de la teoría de la “invulnerabilidad”. Entiende la resiliencia como una capacidad o habilidad humana para adaptarse en contextos de riesgo o vulnerabilidad. El individuo construye la resiliencia.

Los estudios de esta época proceden de la psiquiatría, con el trauma como desencadenante (N. Garmezy, 1987; A.S. Masten et al., 1988; Michael Rutter, 1987). Estos estudios han tratado de definir el concepto de resiliencia, estudiando a los sujetos que tenían respuestas positivas al riesgo o a la adversidad, en comparación con los que no las tenían (Samuel Goldstein et al., 2013; Sandra Prince-Embury, 2014). Se han identificado una serie de factores o cualidades que permiten la resiliencia: capacidad intelectual; buen temperamento; autoconfianza; autoeficacia; estrategias de afrontamiento adecuadas; comunicación y habilidades sociales (R. Brooks, 1994; S.S Luthar & Edward Zigler, 1991; M. Rutter, 1987; Margaret O’Dougherty Wright & A.S. Masten, 1997).

La resiliencia comienza entonces a entenderse como un mecanismo más complejo. Rutter (1993) la define como una respuesta dinámica del individuo al riesgo, en la que interactúan mecanismos de protección (M.C. García-Vesga & E. Domínguez, 2013; Gema Puig y José Luis Rubio, 2011; S. Tomkiewicz, 2004). Edith Grotberg define la resiliencia como la interacción de factores en tres niveles: el apoyo social, las habilidades y la fuerza interna del sujeto (M.C. García-Vesga & E. Domínguez, 2013). El apoyo social indica que el entorno no solo genera riesgos.

3e generación: la resiliencia como proceso (años 90)

Esta generación consolida la idea de la resiliencia como un proceso dinámico, en el que interactúan el sujeto y el entorno. Esta última es vista como una entidad que genera riesgos pero también recursos. De este modo, la persona y el entorno comienzan a ser estudiados en igual medida (A.S. Masten & Dante Cicchetti, 2010).

El punto de inflexión lo da Michael Rutter, que postula que es posible tener una vida sana en un entorno “insano”. ¿Por qué? Porque el proceso de resiliencia se caracteriza por la constante interacción entre los factores de riesgo y los de protección que lo facilitan o dificultan (Rutter, 1993).

Llegados a este punto, está claro que no hay personas invulnerables al riesgo, ni personas que nacen resilientes, ya que el entorno juega un papel importante en la resiliencia, facilitando o dificultando su proceso (S.S. García-Vesga & E. Domínguez, 2013; S.S. Luthar & E. Zigler, 1991; A.S. Masten, 2007). Por lo tanto, la investigación se centra en la identificación de factores de protección internos (temperamento, actitudes cognitivas, autoestima), factores externos (familia, contexto social, escuela) y factores relacionales (profesores, operadores sociales).

Por último, la resiliencia va más allá del ámbito estrictamente psiquiátrico para incluir contextos socioeducativos, psicosociales, educativos, económicos, urbanos, etc. También se establece que si se puede estudiar este proceso dinámico, también se puede promover su desarrollo (S.S. García-Vesga & E. Domínguez, 2013; Zulay Ortega González, Brizeida Mijares Llamozas y otros, 2018). Esto sienta las bases para la 4ª generación, que se centra en promover modelos de resiliencia.

4e generación: diseño de modelos para promover la resiliencia (década de 1990-2000)

Por ello, las nuevas generaciones confían en que el medio ambiente puede ser un factor clave en el proceso de resiliencia. Y se centran en reforzar este proceso en el entorno socioeducativo y psicosocial. Los investigadores están empezando a crear modelos y programas para promover la resiliencia. No se trata de evitar el riesgo, sino de transformar la experiencia difícil en un reto y/o aprendizaje (Z. Ortega González, B.M. Llamozas et al., 2018). Así, los programas se basan en la promoción de los factores de resiliencia de la persona y su entorno. Preparan el camino para los modelos de intervención de resiliencia comunitaria y para el cruce con otras disciplinas (A. Melillo, 2001).

Este enfoque conlleva un mensaje de esperanza, ya que reposiciona a la persona como protagonista. Además, los estudios no están orientados al diagnóstico de deficiencias o traumatismos irremediables.  Más bien, se dirigen a la búsqueda de factores de protección personales, familiares y socioambientales. Factores a reforzar desde un punto de vista preventivo o curativo (G. Puig y J.L. Rubio, 2011).

El diseño de los programas de resiliencia conduce, entonces, al estudio y la creación de instrumentos para medir la resiliencia y comprender mejor el impacto de estos programas (investigación con métodos mixtos). Además, estos programas empiezan a tener en cuenta diferentes elementos socioculturales. Son capaces de adaptarse a las diversas realidades, escuchando las necesidades de los beneficiarios y del personal que trabaja directamente sobre el terreno. Hoy en día, las intervenciones más flexibles y participativas prevalecen sobre los modelos predeterminados (Michael Ungar, 2019).

5e generación: nuevas fronteras (década de 2010)

Esta última generación, que coexiste con la cuarta, se caracteriza por el uso de los avances científicos. Integra en sus investigaciones otras ciencias, tales como la neurociencia y la biología. Esto permite comprender mejor el proceso de resiliencia sin perder de vista la influencia del entorno (S. Goldstein et al., 2013; A.S. Masten, 2007).

Hoy en día, la resiliencia puede analizarse de diferentes maneras, todas ellas teniendo en cuenta cómo los individuos y sus comunidades se adaptan al cambio. Esta complejidad ha llevado a los investigadores a utilizar nuevas tecnologías para medir y analizar el proceso de resiliencia a nivel individual o comunitario. Destacan las aportaciones de la neurobiología y la neuropsicología, relacionadas con la plasticidad cerebral, que muestran el potencial resiliente de la creatividad artística para superar las experiencias traumáticas.

Estas observaciones confirman que el trauma puede bloquear el flujo comunicativo entre los dos hemisferios cerebrales, impidiendo la integración de los aspectos emocionales-sensoriales (hemisferio derecho) y lingüísticos-semánticos (hemisferio izquierdo) (Richard Williams, 2009; Silka Schauder, 2012; Roberto Antonietti et al., 2011). Asimismo, la neurociencia demuestra la maleabilidad del cerebro humano y su relación con el entorno, abriendo nuevas fronteras en el aprendizaje y el desarrollo desde los primeros años del ser humano.

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